El problema de Alan no eran las bandadas que se alejaban hacia ese horizonte irregular lleno de nubes o pasaban rasantes por la superficie del lago, a veces encrespado. Esas bandadas, negras a contraluz, eran para él, el terror que se aleja. El problema, digo, era cuando las bandadas venían. Cuando los pájaros pasaban de ser una línea punteada en el cielo a ser volúmenes, de no tener ni sombra a tener detalles como, por ejemplo, garras. Lo peor, lo peor de lo peor, era cuando las bandadas giraban en torno a su casa, primero en círculos altos y de diámetro considerable, que empezaban a reducirse en radio y altura. A al fin, como si fuera una de esas filas de objetos donde cada uno cae si cae el anterior, los pájaros se posaban en el alambre, uno tras otro, todos mirando hacia la casa, hasta casi completar el perímetro. Le dejaban, tramposos, el lugar del portoncito. Alan había intentado salir, antes de que se posaran y después de que lo hubieran hecho. En ninguna ocasión pudo. La bandad...