No sabe si le molesta más el olor a sudor, a ropa sucia, a comida entremezclada o el movimiento que percibe infinito pero inútil. Si cierra los ojos se marea. Si los abre no soporta la oscuridad. Ya no puede expulsar nada más, es un saco vacío, un alma perdida, otra más; encerrada a presión y condenada a vagar por siempre en este mar inhóspito y frío. El rumor de las velas que contrasta con los gritos de los marineros, sus miradas cargadas de sorna cuando lo cruzan en cubierta. Ni siquiera les entiende cuando le hablan pero no hay que ser muy sagaz para interpretar lo que quieren decir. Embarcó en Valparaíso para reemplazar al dibujante Augustus Earle, convaleciente en Valdivia por las heridas sufridas durante el terremoto y posterior tsunami que provocó grandes destrozos. Aunque intentó convencer a su tío de que él es escritor y no dibujante fue inútil. Es una expedición científica inglesa, vas a conocer mundo y te vas a relacionar con gente importante, le dijo. Te recomendé ...
El problema de Alan no eran las bandadas que se alejaban hacia ese horizonte irregular lleno de nubes o pasaban rasantes por la superficie del lago, a veces encrespado. Esas bandadas, negras a contraluz, eran para él, el terror que se aleja. El problema, digo, era cuando las bandadas venían. Cuando los pájaros pasaban de ser una línea punteada en el cielo a ser volúmenes, de no tener ni sombra a tener detalles como, por ejemplo, garras. Lo peor, lo peor de lo peor, era cuando las bandadas giraban en torno a su casa, primero en círculos altos y de diámetro considerable, que empezaban a reducirse en radio y altura. A al fin, como si fuera una de esas filas de objetos donde cada uno cae si cae el anterior, los pájaros se posaban en el alambre, uno tras otro, todos mirando hacia la casa, hasta casi completar el perímetro. Le dejaban, tramposos, el lugar del portoncito. Alan había intentado salir, antes de que se posaran y después de que lo hubieran hecho. En ninguna ocasión pudo. La bandad...