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El día que Allan Verse vio una bandada de pájaros = Diego Rodríguez Reis

 




Au-dessus des vieux volcans,

glissent des ailes sous le tapis du vent,

voyage, voyage

éternellement

de nuages en marécages…1

Jean―Michel Rivat; Dominique Dubois


El día que Allan Verse vio una bandada de pájaros, un sábado otoñal de lluvia mansa aunque persistente, fue el inicio de una etapa de reflexiones filosóficas de su vida, acaso la única, cuya duración constó de unos veinte, veinticinco minutos, tiempo que duró la espera del colectivo que lo llevaría desde el puente Piedritas, en el centro, hasta Puerto Manzano, donde el artista angosturense residía en aquellos años.

―Si un pájaro cae en el bosque, ¿hace ruido? ―se preguntó en voz alta.

―¿Qué clase de pájaro? ―la voz lo sorprendió, tan profundas eran sus cavilaciones que había olvidado momentáneamente de que estaba esperando el colectivo con su amigo, Euclides “El Profe” Córdoba, docente de Educación Física y estudiante amateur avanzado de Filosofía.

Allan Verse pensó unos segundos antes de admitir:

―No sé, no sé de pájaros ―y se atajó, además―. Pasaron muy rápido, no alcancé a distinguir bien.

―Eso me recuerda el “Argumenthum ornitologicum” de Borges ―sentenció El Profe, y se largó a recitarlo, sin solución de continuidad, lo sabía de memoria y aprovechaba cualquier situación, por tirada de los pelos que fuera, para despacharla.

Allan Verse lo interrumpió con severidad, apenas iniciadas las primeras líneas del texto, de tanto escucharlo, también lo conocía de memoria: un tipo ve una bandada de pájaros, un número impreciso, indefinido; de esa ignorancia, Borges desprende la existencia de Dios. Dice: “Si Dios existe, el número está definido, porque Dios sabe cuántos pájaros vi”. Como ese número de pájaros es indefinido, su mismísima existencia está en duda: “Ese número entero es inconcebible; ergo, Dios existe”.

―No los ví bien, pero los conté ―observó Allan Verse―. Eran siete.

―Ah, está bien ―suspiró Euclides Córdoba―. Ergo, la existencia de Dios continúa en tela de juicio.

Se hizo un silencio incómodo. La lluvia pareció redoblar sus ímpetus sobre el suelo angosturense. No se distinguía con precisión si eran las nueve de la mañana o las siete de la tarde.

Allan Verse rompió el silencio.

―Eran unos pájaros grandes, eso sí.

―¿Grandes en relación a qué?

―No sé, eran grandes, pájaros grandes en relación a otros pájaros.

―¿A qué otros pájaros?

Allan Verse suspiró y repitió la frase que había pronunciado hacía unos escasos minutos:

―No sé, no sé de pájaros.

Euclides Córdoba aprovechó esa brecha para insistir en el aspecto que, a decir verdad, lo atormentaba desde su más remota infancia.

―No existe lo grande per se. Lo grande o lo pequeño, la cualidad o el atributo de una cosa o individuo existe sólo en relación a otro individuo o cosa.

―Bueno ―Allan Verse puso un pie en la ruta, inclinó en cuerpo hacia adelante, deseando con toda su alma la llegada del colectivo que lo arrancara definitivamente de esa escena, y aclaró―: Eran iguales entre sí.

―Estamos entonces en los umbrales del principio de los indiscernibles de Leibniz ―observó El Profe.

―A ver ―lo empujó a hablar Allan Verse, cansado de antemano.

―El principio de la identidad de los indiscernibles, formulado por el filósofo Gottfried Wilhelm Leibniz, postula que no pueden existir dos objetos distintos que compartan exactamente todas sus propiedades. Si dos entidades poseen el mismo conjunto de atributos cualitativos y relacionales, entonces son de forma inevitable el mismo objeto idéntico.

―Todos los pájaros son el mismo pájaro ―concluyó Allan Verse, comenzaba a ver algo de sentido en los amagues filosóficos de su amigo Euclides Córdoba.

―Todos los pájaros son el mismo pájaro ―repitió El Profe, al tiempo que sacaba de su mochila un sándwich de milanesa de pollo y procedía a hincarle el diente.

En un gesto fraterno, extendió la mano, ofreciéndole a su amigo Allan Verse un mordisco de su sándwich de rústica elaboración casera.

Allan Verse sacudió negativamente la cabeza, declinando el ofrecimiento del Profe: se sentía repentinamente triste, anónimo. El hambre que experimentaba era de orden metafísico antes que físico.

―Todos los hombres son iguales, claro ―dijo el Profe, leyéndole la mente, repitiendo lo que lo mismo podía ser la última proposición de un silogismo, el lema de la revolución francesa o una consigna contra el patriarcado.

―No somos nada ―sentenció Allan Verse, con los ojos brillosos.

―No: somos nada ―lo corrigió Euclides Córdoba, mientras se limpiaba con la manga de su eterna campera deportiva los resabios de mayonesa que habían anidado en las comisuras de su boca, bajo los extremos de su populoso bigote.

Entonces, el sonido grave y sincopado de un motor indicó la evidente e inminente aproximación del colectivo.

El vehículo, viejo y sin nombre, se detuvo pesadamente ante los dos amigos. La circunstancia de que el colectivo no tuviera nombre ahondó y agravó las sensaciones de Allan Verse.

―¿Todos los colectivos serán el mismo? ―se preguntó en voz alta, intentando al mismo tiempo contar velozmente los billetes y monedas para pagar el pasaje.

―Eso vaciaría de sentido la proposición ―respondió Euclides Córdoba, efectuando a la vez la misma operación contable―: la multitud no puede igualarse a la unidad.

―Pero las unidades idénticas son la misma cosa: usted y yo, estimado Allan, no somos la humanidad, pero somos, sustancialmente, el mismo ―dijo El Profe, mientras ambos ascendían a la vetusta unidad municipal de transporte colectivo.

El colectivero, que había presenciado la escena y escuchado los renglones finales del diálogo, sospechando una estratagema, una teleología pragmática en la dialéctica de los conspicuos vecinos, les replicó:

―Aunque sean sustancialmente el mismo, tienen que pagar dos pasajes, muchachos.

Los amigos, desolados, vaciaron sus magros bolsillos, pagaron la totalidad de lo exigido y fueron a sentarse en los asientos del fondo, perdiéndose en la maraña de individuos anónimos, que contemplaban a través de las ventanillas, el delicado y constante caer de la lluvia sobre el suelo angosturense.


D.R.R.

Ilustración: "La máquina del canto de los pájaros", Paul Klee

1 Por encima de los viejos volcanes las alas se deslizan bajo la alfombra del viento. Viajar, viajar eternamente de las nubes a los pantanos…

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