No sabe si le molesta más el olor a sudor, a ropa sucia, a comida entremezclada o el movimiento que percibe infinito pero inútil. Si cierra los ojos se marea. Si los abre no soporta la oscuridad. Ya no puede expulsar nada más, es un saco vacío, un alma perdida, otra más; encerrada a presión y condenada a vagar por siempre en este mar inhóspito y frío.
El rumor de las velas que contrasta con los gritos de los marineros, sus miradas cargadas de sorna cuando lo cruzan en cubierta. Ni siquiera les entiende cuando le hablan pero no hay que ser muy sagaz para interpretar lo que quieren decir.
Embarcó en Valparaíso para reemplazar al dibujante Augustus Earle, convaleciente en Valdivia por las heridas sufridas durante el terremoto y posterior tsunami que provocó grandes destrozos. Aunque intentó convencer a su tío de que él es escritor y no dibujante fue inútil. Es una expedición científica inglesa, vas a conocer mundo y te vas a relacionar con gente importante, le dijo. Te recomendé al comandante Fitz Roy, un buen amigo mío, serán unas semanas, o un par de meses tal vez. Te va a venir bien, Alan. Y además ya es hora de que empieces a pensar qué vas a hacer de tu vida.
Para empezar debería producir dibujos para el científico de a bordo, un inglés de calva incipiente hasta que el tal Earle esté en condiciones de volver.
Luego de varios días por fin el mundo se organiza y puede caminar un poco más sin sentir una constante sensación de mareo, o tolerar el sonido del agua golpeando el casco sin cesar, algo que no sabía que le podía hacer tan mal.
Con quince años cumplidos poco antes de embarcar, jamás había estado en el mar, en el de agua al menos. La travesía hasta la casa de su tío luego de la muerte de sus padres se parecía mucho a un mar de tierra inabarcable, un perfecto horizonte circular igual en todas direcciones.
Trata con mucha precaución de hacer algunos bocetos de lo que tiene a mano: retratos de los marineros, algunas piezas de la nave. Le llama particularmente la atención el cabrestante de gran tamaño en medio de la popa, llena muchas hojas con detalles del artefacto desde distintos ángulos.
Al comandante Fitz Roy lo vio el primer día cuando se lo presentó su tío y algunos marineros dicen que ni siquiera está a bordo. Uno de los pilotos le cuenta que van a occidente, rumbo al archipiélago de Colón. Confundido, no supo si le había entendido bien. Nunca había escuchado ese nombre, tal vez después irían hacia el norte, dirección que le parecía más coherente con esa denominación. Un día el mismo piloto le enseña un viejo cuarterón: van a las Islas Encantadas o de Los Galápagos.
La proximidad del destino vuelve un poco más comunicativo al científico, le pide que mire en detalle a los animales que se encuentren, algo en lo que Alan entrenó bastante. Un día en el que está particularmente de buen humor llega a dejarse retratar.
Cuando por fin atracan, no muy lejos de la costa que se ve accesible, echan al mar un par de chinchorros para sortear los posibles bajos.
La idea es acampar, explorar y repostar víveres. Alan se apura en completar bocetos de lo que ve, pero Charles le dice que preste atención especial a los pájaros.
El sol es una presencia que oprime a Alan, molesto consigo mismo por sentir que nada le viene bien, de la tortura del mareo y la oscuridad del Beagle al brillo intenso que apenas deja ver detalles en blanco y negro.
Al día siguiente se levantan antes que el sol, hay que aprovechar el tiempo. Mientras los marineros buscan comida Alan y Charles van a recoger muestras de insectos, mariposas, arañas y todas las hojas y flores que encuentren interesantes para dibujarlas en detalle más tarde.
Aunque la cubierta está poblada de todo tipo de especímenes que vienen recogiendo desde Brasil, el inglés insiste en capturar todo lo que puedan.
Poco a poco el horizonte se va aclarando y coros ubicuos de pájaros desconocidos brotan de todas partes. Se detienen para contemplar maravillados el espectáculo y desde el este cuando apenas surgen los primeros rayos aparecen bandadas de pinzones que planean dibujando exquisitas curvas invisibles, cantando al nuevo día.
Charles los observa largamente con su catalejo, se inclina y comenta intrigado: ¿Serán los mismos pájaros? en la bandada parece haber pájaros distintos...
Se queda largo rato pensativo sin soltar el catalejo, mientras Alan ve cómo se le forman pequeñas gotitas de sudor que resbalan por el escaso pelo, el sol comenzando a rotar alrededor de la calva de Charles como un pequeño planeta inexplorado.
Qué raro, ¿no? que distintos pájaros estén en una misma bandada... como si fueran la misma especie.
Pero no puede ser, piensa en voz alta para Alan, su único público, tienen picos distintos, ¿los viste?
Alan asiente, en el fondo no entiende tanto interés por unos pájaros tan comunes, marrones, ni siquiera son de colores llamativos, tienen el color de las gallinas, se le ocurre que los huevos deben ser iguales sólo que más chicos; la duda una vez más es qué fue primero: si el huevo o los pinzones piensa Alan con una sonrisa que Charles alcanza a ver.
¿Qué es lo gracioso? interroga severo; nada, le dice Alan, pensaba en el origen.
¿El origen? Charles se da vuelta sin acercar el catalejo a sus ojos, pero la bandada ya se había ido.
CCh / 2026
Imágenes:
- Charles Darwin circa 1835, retrato al agua -porque estaba embarcado- probable obra de Alan Verse.
- La vida a bordo del Beagle.


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